Bodega y Viñedos Ponce: La complejidad de lo sencillo. La honestidad por bandera

By 4 diciembre, 2013Desván
Imagen del majuelo en vaso de los Ponce

Algunos hay que, a la hora de definir el concepto de terruño, se olvidan de mencionar al hombre, como si todo corriese a cuenta de la Naturaleza pero, sin intervención humana, el vino no sería posible.

El principal ensamblaje, cuando hablamos de la elaboración de un vino, no es el que se da al juntar diversas variedades de uva o de diferentes parcelas, es el que obtenemos tras años, ¡incluso siglos!, de aclimatación de la vid al terreno y a la climatología, y del hombre a estos. Generación tras generación, al aprender de la anterior e intentar mejorar lo conseguido. Así se hacía en los mejores casos, hasta que empezamos a olvidar.

Cuando se abandonó la senda de la coherencia y dejamos de escuchar a nuestros mayores, para prestar oídos a aquellos que nunca habían pisado el campo, ni mucho menos trabajado en él, cometimos el primer error. El segundo y quizás más grave, el negarnos a rectificar y empecinarnos en perpetuarlo, cual nefasta herencia para nuestros hijos.

Por todo lo anteriormente citado, tiene mucho más mérito que haya alguien en el campo español, más aún en La Mancha, que se niegue a seguir por la trillada senda de la cantidad y el grado y tenga la honestidad por bandera. Cierto que no son los únicos, e intentaremos que la mayoría de ellos tengan cabida aquí, en la Enoarquía.

Juan Antonio Ponce (padre) y su hijo Javier Ponce, en su viñedo

Fotografía de: Lorenzo Alconero – Enoarquía

Detrás de los buenos vinos, suele haber buenas personas

Juan Antonio Ponce padre es la representación del esfuerzo, al igual que muchos de su generación, al igual que tantos trabajadores del campo. Sin quitarle un ápice de virtud a esto, su mayor mérito no viene de ahí, sino de su valentía, de su valor para apoyar a un hijo con ideas a contracorriente de todo un pueblo. Tener que escuchar constantemente chascarrillos en el bar y encontrarse con desagradables “sorpresas”, por el mero hecho de querer hacer las cosas de un modo diferente, de buscar la calidad y, sin embargo, no dejar de apoyar a su hijo mayor, auténtico artífice de una revolución, más basada en un respeto por la tradición que en innovaciones tecnológicas futuristas.

Juan Antonio Ponce hijo, a sus 32 años, ha obtenido a tan corta edad logros importantes. A su palpable amor por la tierra, sumó la fortuna de poder aprender junto a Telmo Rodríguez y Pablo Eguzkiza grandes defensores de la plantación en vaso, de las variedades autóctonas, de las cepas viejas, del terruño… unas tablas de la ley cinceladas en los sólidos cimientos que sustentan el ideario de Juan Antonio. Fiel a estas ideas, no ha dudado en mostrar que otra forma de hacer las cosas es posible. Como por ejemplo, al elaborar un vino 100% albilla (aquí una aclaración sobre el nombre de esta variedad), todo un ‘Reto’ (no podría tener mejor nombre el vino), o en no dudar en irse hasta Jumilla para hacer un vino de uvas monastrell, aunque también dispusiera de esa variedad en La Manchuela, y aunque eso le suponga trabajar “gratis” a cambio de la uva.

Vinos Bodegas Ponce

Reto, Pino y La Casilla. Fotografías por: Joan Mora – Enoarquía

Pero aunque todo el protagonismo se lo lleve él, es la familia entera quien está volcada en esta aventura y no duda en aportar lo mejor de cada uno por sus vinos. Así, su hermana les ayuda en la elaboración de las etiquetas, o su hermano pequeño, Javier, se atreve con la gestión de la bodega familiar (cuando Juan Antonio está trabajando en Jumilla) o, incluso, elaborando el primer rosado de la bodega ¡Si hasta la madre se encarga del embotellado!

La familia Ponce se ha aclimatado al paisaje, del mismo modo que sus majuelos. Con los años, el trabajo y las inclemencias del tiempo, han horadado su piel, como la azada la tierra, como las raíces la piedra. Raíces de una familia que se entrelazan con las de sus viñas y entroncan en un fruto común, sus vinos.

Instalaciones de Bodega y Viñedos Ponce

Fotografía de: Lorenzo Alconero – Enoarquía

La complejidad muchas veces se cubre de vestidos sencillos

La sencillez de la gente de campo, no es en este caso un epíteto, es una forma de ser y de entender la vida, algo que contagian a todo lo que tocan y sus vinos no podían ser ajenos a ella. Vinos que aúnan elegancia con rusticidad, que pese al árido clima manchego, ofrecen una impactante sensación de acidez que los hace frescos. Un velo de sencillez que oculta cierta complejidad según vamos bebiendo.

Una falta de complicaciones que también tiene su representación en el nombre de sus vinos ¿Cuál mejor para un vino blanco en la Manchuela, 100% albilla, que Reto?, ¿acaso podría haber uno mayor? ¿Con qué nombre bautizar un vino que antes de embotellar ya promete que irá bien? Buena Pinta, ¡por supuesto! Y con qué otro mejor que ofreciendo el vino a tu propia hija, cuando has tenido que irte fuera y trabajar el doble para cumplir un sueño de uvas monastrell, que Depaula. Así todos sus vinos, sus etiquetas, las instalaciones donde los elaboran, una simple nave, con unos pocos depósitos y otras tantas barricas aquí y allá.

Fotografía de: Lorenzo Alconero - Enoarquía

Fotografía de: Lorenzo Alconero – Enoarquía

Vinos que, con sus diferencias entre sí, muestran unas señas de identidad comunes. Vinos que contradicen con el “misterio” de su frescura, la influencia del clima con un gran contraste térmico y predominantemente seco, especialmente entre mayo y septiembre, de esta zona de Cuenca, quizás tenga que ver con elaborar junto al raspón, sin despalillar, o con prensado suave que no busque la sobre extracción, o la selección de la uva en el propio viñedo. Vinos como quienes los elaboran, o personas como estos vinos, da lo mismo. En definitiva honestos, directos, sencillos, que no simples, sin maquillajes, sin ambages, con rusticidad, con personalidad. Tal vez disten mucho de ser vinos perfectos, pero no lo necesitan, su encanto reside en lo apetecibles que resultan acompañando una comida. En mostrarse vivos y ver cómo van evolucionando en la copa, cómo nos cuentan cosas, su procedencia, cómo fue ese año, si pasaron frío o si llovió poco.

En definitiva vinos/personas como esos amigos que, aunque haga mucho tiempo que no hablemos con ellos, la siguiente vez que volvamos a encontrarnos será como si nos hubiésemos visto ayer.

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