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Ladrones del tiempo

Lorenzo Alconero — 22/02/2013

Ahora, con el frío del invierno, uno tiende a buscar cobijo en sus recuerdos de manta y chimenea, o de platos invernales, quizá por eso, pensando en cocidos maragatos y botillos, mi mente me ha llevado hasta El Bierzo y más concretamente hasta Cacabelos.

Cacabelos es un pueblo engañoso, uno no llega a tener muy claro dónde empieza y menos en qué lugar termina.

En dirección a Villafranca, por donde hacen senda los peregrinos, uno echa a andar y cruza un puente, a ambos márgenes del río Cúa se sigue expandiendo la hilera de casas, se tiende a creer que allende dicha frontera fluvial, terminará Cacabelos. Llega el caminante hasta la antigua hospedería, remozada en su interior, y se vuelve a engañar dando por supuesto que se encuentra fuera de las lindes de la población, pero las casas, como miguitas de pan, siguen sucediéndose y en estas...

¡Una bodega! Diríase funcional, tratando de ser políticamente correctos, cuando se ve desde fuera, pero como intentamos ser sinceros lo dejaremos en nave industrial. Un cartel anuncia “ Bodegas Luna Beberide ”. La sorpresa está por dentro, no de sus paredes, por lo demás en nada diferente al interior de otras bodegas modernas, pero sí en el de las personas que la regentan. Sólo así puede comprenderse que alguien se vuelque, de la manera que a continuación vamos a relatar, con dos caminantes surgidos como si de la nada y sin previo aviso, aunque cometiendo el “asalto” con cierta premeditación y alevosía.

- Hola, buenos días, ¿queríamos saber si sería posible visitar la bodega?

- Hola, pues… sí, claro, venid.

Así comenzó el “atraco” aunque nunca pensamos en llevarnos tanto botín. A recibirnos pronto salió la verdadera “dueña” del recinto, una simpática perra labrador, quien como buena anfitriona nos acompañó durante todo el recorrido y, preocupada, nos esperaba si nos demorábamos lo más mínimo.

- Vaya, es una lástima que no pueda enseñaros los viñedos, pero me voy de viaje y

- Claro, claro, bastante con que nos hayáis dedicado un rato, muchísi

- Nada, nada, subiros al coche que os llevo.

- No, pero si

- Que sí, que así aprovecho para ver una cosa en el viñedo.

Uno a veces se siente un poco ladrón del tiempo de otras personas. En nuestra defensa alegaré que, de verdad, intentamos irnos como vinimos, y nuestra negativa no era con la boca pequeña, del que niega querer repetir plato mientras lo acerca al puchero.

Una vez en el terreno, más explicaciones, más compartir sueños, ideas, logros. Más admiración por nuestra parte, más sentirnos en cierto modo partícipes de todo aquello. Con el paso de los días, rememorándolo sentado ante el ordenador, cada vez lo tengo más claro ¡qué fácil es hablar, contar, mostrar lo que a uno le apasiona!

De regreso a la bodega, acuciados por la prisa de nuestro Cicerón, se disculpaba por tener que dejarnos, dado que partía esa misma mañana, junto a un amigo, en peregrinaje hacia Santiago.

Durante la despedida aún más agasajos por su parte hacia un par de desconocidos, simpáticos, tal vez, quizá agradables, amantes de la naturaleza, del vino, pero desconocidos pese al rato compartido, pese a todo.

- Lástima que no pueda quedarme y ofreceros catar los vinos.

- No pasa nada, bastante ya habéis hecho recibiéndonos así, y sin avisar.

- ¿En qué hotel estáis?

- En… el Villa de Cacabelos.

- Vale, pues luego os acerco una caja con unas botellas.

- No, pero… si

- Que sí, que sí. Ah, por cierto, aquí tenéis mi tarjeta por si venís otro día.

Por la tarde, después de haber visitado otras bodegas (capítulos aparte merecen y quizá tengan) y de regreso al hotel, teníamos esperándonos la caja de seis botellas. Metí la mano en el bolsillo y encontré la tarjeta de visita que me había entregado nuestro anfitrión al término de la visita. Gracias Alejandro Luna.

Gracias por la atención recibida, por entrar a robarte tu tiempo y salir pensando que nos habías dado mucho más de lo solicitado. Además, no tengo ninguna duda de que quien regala vino, regala un álbum de recuerdos, postales de un año, de un paisaje y de las personas que lo conforman, remembranzas que confortan, como ésta, las largas noches de invierno.